Desde los más profundos intríngulis de la conciencia afloran las desdeñadas sensaciones de quietud, a diferencia de la multitud prefiero la serenidad de la brisa de antaño, que plasma en mi rostro recuerdos de momentos mejores, amo el sosiego de las noches estrelladas, ese horizonte negro sumergido en la sopa de astros incandescentes aletargados por la distancia, pero vivos e impacientes.
Aunque lo nuevo es revelador, es innegable la magia de lo antiguo, su poder incandescente capaz de encender la fuerza interna que a veces apagamos. Astros milenarios, encendidos unos y apagados otros, nos llenan del temor de lo desconocido y nos embriagan con el aroma de lo interesante. Lo viejo es sublime y místico, lo nuevo es complejo y escéptico. Una mezcla taladrante, que tuerce la razón y nos transporta al éxtasis.
Y la catedral de tu alma se conmueve con la certidumbre que muestran tus ojos negros. Las lágrimas se hacen dulces en mis labios, el sabor de tu aroma es embriagante y ensordecedor. No puedo sentirte.Ruedas, ruedas y conllevas la tristeza en tu eterno girar.


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