
Comenzando el día surgen interrogantes sin respuestas, esas que emergen desde la curiosidad misma para hacer un poco más interesante la vida. Son preguntas unipersonales, intimas, cuyas respuestas son tan obvias que es casi imposible descifrarlas, como si entender lo sencillo fuera cosa de seres supra humanos. Cada respuesta es inherente a un cuestionamiento determinado, como si al plantearnos cada pregunta conociésemos inmediatamente la respuesta. Intentamos dar explicación a lo inexplicable, a lo que solo tiene sentido cuando interiormente lo reflexionamos, haciendo un juicio pretérito de aquello que ocurrirá en un tiempo un poco distante.
Fluyen ideas alucinantes, que convierten nuestra imaginación en una historia sin fin, que nos acerca al delirio, al razonamiento ilógico y nos sacude, moviendo cada centímetro hasta convertirnos en los protagonistas de esta historia. Pero cuando intentamos llenar nuestro espíritu con las respuestas más lógicas, vemos como el razonamiento es incapaz de lograr tal cometido. Y es que desde nuestro interior las respuestas brotan, pero no de acuerdo a nuestra lógica, o al razonamiento lógico, mas bien apegadas al sentimiento que convierte al ser humano en un peón del destino, un ser a merced de las disposiciones divinas. Esa fe que hace de cada emoción una razón de vida, de cada día una oportunidad nueva de evocarnos a nuestro creador, de responder las preguntas más sublimes con las respuestas más intensas con las que contamos en nuestro arsenal. Porque así como la fe es capaz de mover montañas, está capacitada para preñar nuestra mente de ilusiones nuevas, realizables. Por que las respuestas están ahí, formando parte de nosotros mismos, y esperando que cada uno sea capaz de descubrirlas.
Fluyen ideas alucinantes, que convierten nuestra imaginación en una historia sin fin, que nos acerca al delirio, al razonamiento ilógico y nos sacude, moviendo cada centímetro hasta convertirnos en los protagonistas de esta historia. Pero cuando intentamos llenar nuestro espíritu con las respuestas más lógicas, vemos como el razonamiento es incapaz de lograr tal cometido. Y es que desde nuestro interior las respuestas brotan, pero no de acuerdo a nuestra lógica, o al razonamiento lógico, mas bien apegadas al sentimiento que convierte al ser humano en un peón del destino, un ser a merced de las disposiciones divinas. Esa fe que hace de cada emoción una razón de vida, de cada día una oportunidad nueva de evocarnos a nuestro creador, de responder las preguntas más sublimes con las respuestas más intensas con las que contamos en nuestro arsenal. Porque así como la fe es capaz de mover montañas, está capacitada para preñar nuestra mente de ilusiones nuevas, realizables. Por que las respuestas están ahí, formando parte de nosotros mismos, y esperando que cada uno sea capaz de descubrirlas.

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