
La contaminación es un grave problema que nos afecta, tan seriamente que si la ignoramos puede terminar convirtiéndose en un elemento básico en la extinción del hombre. En algunas situaciones resulta más que apropiado, manejar un ambiente libre de sustancias o microorganismos nocivos, capaces de propagar enfermedades tan serias y tan agresivas que provocan daños irreparables a la economía orgánica.
La asepsia de ciertas zonas, por tanto, es un factor que incumbe a todos, tanto al personal dedicado a dicha labor, como a cada ser humano, en particular a quienes se ven infectado por los contaminantes propios de esta sociedad.
Quizás un quirófano es el ejemplo básico, de lo idóneo que resulta un ambiente libre de contaminación, libre de factores exógenos capaces de dañarnos y provocarnos alteraciones inusuales. Debemos hacernos impermeables e impedir que estos factores desestabilizadores nos afecten y provoquen en nosotros tal desequilibrio que ponga en riesgo nuestro desempeño.
Es importante que logremos la esterilización de estos factores o incluso su erradicación, pues su interacción es la razón de ser de cientos de afecciones. Extirpar esos elementos de desestabilización y perturbación es la formula necesaria para lograr la verdadera purificación. Localizar cada remanente, cada resto por inservible que parezca, aislarlo, enajenarlo hasta eliminarlo es la clave.
El sufrimiento, el miedo, la desesperanza, el desamor y un sin número más de esos agentes infecciosos súper resistentes son los causantes del caos interno, de la desolación que sentimos, de la necesidad de ser que tenemos. Debemos limitar su propagación, frenar su crecimiento, buscar esa cura, ese camino eficaz, ese que puede hacer de nuestro cuerpo y alma un entorno estéril, pero fecundo de amor.
La asepsia de ciertas zonas, por tanto, es un factor que incumbe a todos, tanto al personal dedicado a dicha labor, como a cada ser humano, en particular a quienes se ven infectado por los contaminantes propios de esta sociedad.
Quizás un quirófano es el ejemplo básico, de lo idóneo que resulta un ambiente libre de contaminación, libre de factores exógenos capaces de dañarnos y provocarnos alteraciones inusuales. Debemos hacernos impermeables e impedir que estos factores desestabilizadores nos afecten y provoquen en nosotros tal desequilibrio que ponga en riesgo nuestro desempeño.
Es importante que logremos la esterilización de estos factores o incluso su erradicación, pues su interacción es la razón de ser de cientos de afecciones. Extirpar esos elementos de desestabilización y perturbación es la formula necesaria para lograr la verdadera purificación. Localizar cada remanente, cada resto por inservible que parezca, aislarlo, enajenarlo hasta eliminarlo es la clave.
El sufrimiento, el miedo, la desesperanza, el desamor y un sin número más de esos agentes infecciosos súper resistentes son los causantes del caos interno, de la desolación que sentimos, de la necesidad de ser que tenemos. Debemos limitar su propagación, frenar su crecimiento, buscar esa cura, ese camino eficaz, ese que puede hacer de nuestro cuerpo y alma un entorno estéril, pero fecundo de amor.

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